• jueves , 14 noviembre 2019

El Renacimiento de la Fotografía

Vivimos en un mundo donde la inmediatez de resultados rige nuestras vidas. Nos molestamos si no responden con rapidez nuestros mensajes de WhatsApp. Consumimos comida rápida o llamamos a multinacionales del “delivery” para que nos traigan una pizza, sushi o comida china a casa. Nos importa más ver una foto en el instante que la tomamos, que conservarla o dedicarle un tiempo a realizarla. Hemos pasado de hacer fotos a disparar. Pasamos del haluro de plata al píxel y por el camino se nos cayó la Fotografia. La que se escribe con mayúsculas.

Me enamoré de la Fotografía cuando mis años aún se contaban por unidades y pude comprarme mi primera cámara en plena adolescencia. Recuerdo con cariño las visitas a los establecimientos fotográficos de Barcelona, donde el Sr. Gomis en Baltá, el Sr. Valls en Salvador Serra, Paco Casanova o Bernardo (el hermano de Lázaro), enseñaban con toda la paciencia del mundo las últimas novedades de la industria de la fotografía a un adolescente, con más curiosidad que dinero. Hoy se recurre a Siri y Alexa.

 

Dinastías de titanes

La llegada del mundo digital trajo la obsolescencia a la fotografía. Las cámaras mueren de viejas a los pocos meses de nacer, demostrando que el mayor logro de los fabricantes no ha sido conseguir la máxima calidad de imagen en la historia de la fotografía, sino despertar en el usuario la necesidad de renovar su equipo lo antes posible. Es triste leer los comentarios de algunos usuarios en los foros de fotografía que –con una cámara en las manos, recién salida del horno– ya desean cambiarla por la última versión, que apenas incrementa la resolución en 2 Megapíxeles o incorpora un mayor número de puntos de enfoque.

Con las cámaras de película fotográfica sucedía todo lo contrario. Las míticas Nikon de la serie F, las Contax RTS, la serie M de Leica, las Olympus OM, las Hasselblad 500 o las Mamiya 645 tardaban lustros en renovarse, incluso más de una década. Eran cámaras para trabajar. Para perdurar en el tiempo. Para resistir. Tanto, que hoy podemos seguir escuchando es mágico “clic” de los obturadores de cortinilla de una Nikon F2, una cámara con medio siglo a sus espaldas y que representa la razón de porqué Nikon se convirtió en una leyenda en la Fotografía de soporte químico.

 

Renovarse y morir

La Nikon FM2 (uno de los modelos más codiciados actualmente) nació en 1.982 y dejó de fabricarse en 2.001, año en que cedió el paso a la FM3A. La Nikon FM2 ocupó durante 19 años las cadenas de producción niponas. Nikon mantuvo en el mercado durante tres décadas distintas un modelo de segmento no profesional, pero que en la actualidad sigue funcionando a la perfección, gracias a la calidad de sus materiales de construcción y a las ganas de fabricar cámaras prácticamente eternas. La crisis que arrastra la industria fotográfica en los últimos años ha dado la vuelta al dicho de “renovarse o morir”, demostrando que el mercado y los usuarios acaban saturados de tanta renovación y volatilidad.

Las cifras de ventas de Canon, Nikon y Olympus bajan a la par que sus beneficios, pero los dos gigantes del entorno réflex siguen empeñados en llenar los escaparates fotográficos con modelos que poco o nada aportan a lo ya existente en el mercado. Renovarse y morir: el paradigma ha cambiado. Ha llegado la hora de que las grandes marcas recuperen la cordura y calidad de antaño, pues el hartazgo de los usuarios de cámaras digitales (hoy ya no somos fotógrafos) está respondiendo a los fabricantes con una menor fidelización y confianza en sus productos. Cámaras fabricadas en plástico, que hace unas décadas harían sonrojar de vergüenza a cualquier ingeniero de Canon y Nikon. Pocas son las marcas que actualmente mantienen una elevada calidad de fabricación en todos sus modelos.

Crear en los usuarios la necesidad de actualizar su cámara constantemente es –en mi opinión– el peor ejercicio de márqueting que puede realizar una marca, pues veladamente da a entender que el modelo del año anterior salió al mercado incompleto y era fácilmente mejorable. Sucedió con la carrera de la resolución al inicio de la era digital y hoy está pasando con los sistemas de enfoque automático, el número de puntos de detección de enfoque y la sensibilidad, que en algunos modelos ya supera el millón en valor ISO. Las cámaras fotográficas –como afirmó hace dos décadas Alfonso del Barrio en la revista FV– pasaron a ser electrodomésticos de consumo. ¿Alguien se imagina utilizar una cámara digital de inicio del milenio? Sin embargo sí es posible seguir haciendo fotos con cámaras de 35mm con casi medio siglo a sus espaldas.

 

Desaparece el revelado químico

Los grandes fabricantes de película fotográfica fueron los primeros en sufrir el cambio del haluro de plata por el píxel. La firma europea Agfa desapareció, el gigante norteamericano Kodak (tras superar su quiebra en 2012) se mantiene en coma desde hace lustros y la japonesa Fujifilm tuvo que adaptarse a nuevos conceptos fotográficos, siendo –con la inglesa Ilford–el único gran fabricante de película que en la actualidad goza de una buena salud, gracias a diversificar su negocio en ámbitos como la imagen médica o los cosméticos. La misma suerte de Agfa la sufrieron desde tiendas de revelado a laboratorios fotográficos industriales. Los aficionados fueron abandonando paulatinamente la impresión de copias en papel y el profesional entregaba sus trabajos en soportes digitales.

Año tras año, los profesionales y aficionados a la fotografía fueron arrinconando sus cámaras de película fotográfica y se adentraron en el mundo digital, donde el formato RAW es la Virgen María y Photoshop, Dios Todopoderoso. Al inicio de la era digital, el precio de las cámaras digitales de segmento profesional superaban el millón y medio de pesetas (9.000 euros), pero apenas alcanzaban resoluciones de 2 millones de píxeles. La carrera por el píxel había empezado y con ella se extinguía la tradición de imprimir las fotografías en papel y conservarlas, guardadas en álbumes. La tecnología digital ha traído el mayor holocausto en la fotografía; a diario se borran y pierden millones de fotos, pues –con suerte– se almacenan en discos duros o soportes digitales, donde duermen el sueño eterno. No resulta extraño guardarlas “en la nube” o en un smartphone que cambiaremos en un par de años.

El fetichismo de “poder tocar” una fotografía es otro de los aspectos arrinconados con la fotografía digital. La impresión de nuestras fotos en papel nos permitía “tocar” cada instante fotografiado y guardar nuestros recuerdos en álbumes. Así se conservó nuestra propia historia durante décadas. Romper una fotografía era casi un sacrilegio; nos costaba mucho más que borrar las capturas digitales que vemos en smartphones, tablets y –en el mejor de los casos– en la pantalla del ordenador. Es el reflejo del valor que damos a las fotografías “virtuales”: intangibles e inmateriales, sólo existen cuando las vemos.

 

Magia y tecnología

La Fotografía de soporte químico es magia. Una magia marcada por la luz. El carrete de película no puede exponerse a la luz, porque se vela, pero las fotografías se exponen gracias a la mágica combinación de sensibilidad de la película, la abertura del diafragma y el tiempo de exposición. Al iniciar el proceso de revelado de la película, se debe cargar la espiral donde el carrete se revelará en la más absoluta oscuridad. La ausencia de luz es una constante, sólo tenuemente suavizada por la luz roja de seguridad, durante el revelado de las copias en papel en blanco y negro. La llegada de la tecnología digital rompió la magia, haciendo bueno el dicho de “cuando la tecnología entra por la puerta, la magia salta por la ventana”.

 

¡Bienvenido, iPhone!

La llegada del iPhone supuso disponer de una cámara compacta de calidad media-baja que –además– servía para llamar y creerse ser alguien en las redes sociales. A medida que las cámaras de los smartphones mejoraban la calidad fotográfica, las cámaras compactas fueron perdiendo su razón de existir para una muy amplia mayoría de usuarios. Empezaba la primera crisis en la industria fotográfica digital y muy pocos fabricantes acertaron con sus políticas empresariales. Desde la popularización del smartphone como cámara (y Apple ha sabido explotarlo de manera magistral), la caída de ventas en el sector fotográfico es progresiva y constante.

A diferencia de los fabricantes del sector fotográfico, Apple supo imprimir un halo de calidad fotográfica a sus smartphones y desde anuncios panorámicos por todo el planeta hasta tutoriales dedicados a técnica fotográfica aplicada al iPhone, el gigante de la manzana consiguió que el gran público migrase de las cámaras compactas a los teléfonos inteligentes de forma natural. A día de hoy, la batalla se sigue decantando del lado de los fabricantes de smartphones, mostrando una vez más la debilidad de una industria fotográfica que sigue sin saber cómo reaccionar a la cada vez mayor pérdida de territorio.

 

El oasis

Día a día crece el número de aficionados (y algún que otro profesional) que regresan a los orígenes, a las cámaras fabricadas para resistir el embate de modas pictóricas (como el HDR) y de dispositivos digitales que ya nacen con fecha de caducidad. Cada vez somos más los amantes de la Fotografía que buscamos reencontrarnos con sensaciones perdidas, con ilusiones olvidadas y con esa liturgia que nos regalan el enfoque no automatizado, el modo de exposición manual y –de manera especial– pensar, trabajar y disfrutar cada foto. Fotografiar y no disparar. La Fotografía son sensaciones y ésa es la gran diferencia entre la película y el entorno digital: con una cámara de película no se dispara. Hacemos fotografías.

Entre océanos de materiales de construcción plásticos y sensores que quedan obsoletos poco despues de nacer encontramos pequeños oasis, esas aldeas galas que resisten todavía y siempre al invasor. Casa Boada (en la céntrica Calle Tallers de Barcelona) es un refugio de cámaras fabricadas en la época dorada de la Fotografía, donde la película de 35mm y formato 120 surtirán tanto a mitos como la Nikon F2 AS, como a modelos más modestos, como la Pentax K1000 o la Yashica FX3 y a cámaras de formato medio, como las Rolleiflex o Hasselblad, dos de los apellidos más ilustres en la historia de la Fotografía. El amante de la Fotografía encontrará desde cámaras a película. También se puede encargar el revelado de película negativa y diapositivas.

 

Conclusión

La fotografía tradicional de soporte químico está viviendo un renacimiento, debido en gran parte a los propios fabricantes de cámaras digitales. Bombardear el mercado cada año con una multitud de modelos que apenas mejoran los ya existentes en los establecimientos fotográficos ha convertido a las cámaras en simples objetos de consumo que debemos sustituir en un par de años. La fotografía digital es la mejor herramienta que jamás ha existido para el trabajo profesional, pero –personalmente– me siento más fotógrafo con una cámara de película, disfruto de la Fotografía escrita en mayúsculas, pues en lugar de disparar, hago fotografías.

Un carrete de 35mm dispone de un máximo de 36 exposiciones. Un rollo de formato 120, de una decena a 16, según el formato de la cámara. Esto obliga al fotógrafo a encuadrar bien y medir la exposición de manera precisa. Esto es: a pensar la foto. Es la diferencia entre disparar y fotografiar. Entre disparar y “hacer fotos”. Entre usuario de cámara digital y fotógrafo, porque “hacer una fotografía” conlleva una elevada dosis de artesanía, al preparar encuadre, enfoque y exposición, sabiendo que disponemos de un máximo de 36 exposiciones. Sin olvidar la imaginación, imprescindible para la creatividad que diferenciará nuestra fotografía de la del resto de fotógrafos.

Nunca hasta la llegada de la fotografía digital se había conseguido mayor detalle; la resolución lineal, el contraste, la posibilidad de obtener la máxima fidelidad de color y la inmediatez de resultados convierten a la fotografía de soporte digital en la herramienta perfecta para el profesional. Sin embargo, ha sustituido la creatividad por fantasía, al mostrar una realidad inexistente, muy cercana a la imagen que ofrecen los teléfonos móviles. La fotografía se ha convertido más en una disciplina pictórica que en la forma más fiel de plasmar la realidad, mostrando un mundo falso, efímero, sin diferencia entre altas luces y sombras, de cielos azules imposibles y de colores contrastados. Un mundo perfecto en HDR que nos oculta la realidad.